dilluns, 13 d’agost de 2018

Sintonizar (I)



Me dejo llevar por el ritmo de la música. Ando sin rumbo hacia mi destino, voy bien de tiempo y dar un rodeo por las estrechas calles de mi barrio siempre me provoca una sensación de paz en el pecho, como si mis pulmones pudieran hincharse más. Compruebo que no hay nadie a mi alrededor y me libero ante la música. Soy consciente que no soy el único ser de este mundo a quien le gusta fingir que está en un videoclip mientras anda por la calle, pero me moriría de vergüenza si alguien me viera haciendo playback (y puede que no tanto playback) y moviendo las manos a modo de batería.

Normalmente llego tarde a los sitios, tengo esa fea costumbre. No es adrede, solamente sucede. Por eso mismo no suelo tener el lujo de tomar rodeos y andar despacio.  Y hoy pienso aprovecharlo.
El universo me condece mi deseo de una forma un tanto traicionera, pues tras un par de calles desiertas me cruzo (en realidad prácticamente le arrollo dado el subidón que llevo con la música retumbando en mi cabeza) con un chico que anda con prisas, presumiblemente perdido dado que lleva el Maps abierto y arrastra una maleta de ruedas verde pistacho. No tengo tiempo de reacción ante el choque inminente. Una demasiado despistada y el otro demasiado focalizado... en el móvil. Las consecuencias no son graves, a no ser que cuente como grave el hecho de que el cable que une mis cascos con el móvil quede trabado en el tirador de su maleta al corregir nuestras respectivas trayectorias para minimizar el contacto. De verdad que no entiendo qué hay de romántico en chocarse con desconocidos por los sitios y que todo lo que cargas se desparrame por el suelo. Hollywood nos debe una buena explicación. Pero volviendo a mi desastre personal; el cable se suelta del móvil cuando yo tiro de este para evitar que se me salga del bolsillo y se rompa aún más la pantalla (con un par de grietas ya tengo suficiente, gracias). En consecuencia me quedo con los auriculares en silencio puestos como una tonta mientras la música sigue a todo trapo desde el altavoz del smartphone. Después de tanto tiempo voy a darle la razón al vendedor con lo del sonido envolvente o no sé qué que me contó. Parece como si la calle quedara inundada de acordes, percusión y la creciente melodía que grita al cielo mi verdadero yo. Suena una de esas canciones que parece que hablan de ti, con la que te identificas más de lo que te gustaría, y por suerte consigo ponerla en pausa con mis manos torpes (no por nada tengo ya rota la pantalla que reparé hace 4 meses).
No hace falta que diga que la vergüenza se apodera de mi, con mi cerebro gritando a modo de alarma con neones que huya corriendo, pero con las piernas agarrotadas nivel post-course Navett.
Al ver que él tampoco hace amago de moverse, me bajo los auriculares al cuello y le miro a la cara para disculparme. Noto los colchoncitos calientes contra el cuello y de repente me cruza por la mente si debo estar sudada y qué aspecto lamentable tendré. Y solo pensarlo lo envío a la basura mental. ¿Qué más da las pintas que tenga? He quedado con mi mejor amigo, ni que tuviera una reunión con la Reina de Inglaterra. Y este encuentro callejero fortuito tampoco es nada del otro mundo, no intercambiaremos más que un par de frases, puede que alguna más si decide pedirme ayuda con su evidente deslocalización.
Volviendo a su cara, me doy cuenta que tiene la vista fija en mí. Más concretamente mira mi móvil, como si examinara detenidamente las brechas del cristal. El suyo se bloquea y desaparece el mapa plagado de callejones (no me extraña que se haya perdido con la mala recepción que hay por aquí y el laberinto de calles). Aprovechando que no me "ve", le echo un vistazo rápido; no es feo, pero tampoco es guapo guapo, es guapete, tiene un algo que me cuesta situar. Es algo más alto que yo, aunque no es difícil teniendo en cuenta mi metro sesenta y poco. El pelo entre marrón y pelirrojo, con gorra calada al revés azul oscuro. Puede que este sea el punto... no sé, puede. Viste bastante normal, camiseta básica gris con un toque floreado en los dobladillos de mangas y cuello, tejanos oscuros y zapatillas Vans. Valoración final: chico decente.
Antes de que sea él quien me pille mirándole decido carraspear para aclararme la garganta (lo que hacen los nervios y el playback callejero) y articulo dos simples palabras: Lo siento. Él me mira, esta vez a la cara, y me doy cuenta (ya muy tarde) que también lleva cascos, pero los suyos pequeños, sin cables, escondidos bajo ese pelo otoñal (definitivamente si tuviera que meterle en una estación del año sería otoño. Muy definitivamente). Así que repito la disculpa cuando hace ademán de sacarse uno de los auriculares. Tampoco es que haga falta alargar más este momento, cada uno seguirá con su camino en breves.
Él se ríe y me quedo algo a cuadros. ¿A qué viene? ¿Le parece gracioso ir provocando infartos enganchando cables con maletas? Y ocurre lo inesperado (al menos para mí).
   - Me encanta esa canción - lo dice con una sonrisa de oreja a oreja, como si él hubiera sido el alagado.
Mi primera reacción es darle las gracias, y la segunda es reñirme internamente por llevar la música tan escandalosamente alta. Ya lo dice mi madre, me voy a quedar sorda si sigo a ese volumen.
No deja de sonreír y no sé qué espera de mí. ¿Querrá algún alago también? Que chico más raro.
   - Bonita maleta - suelto para decir algo. Dios mío, pero que patética soy. Tierra trágame.
Su sonrisa se transforma en una risa, una sincera y casi podría decir que aliviada. Yo río nerviosamente sin saber exactamente de qué me río exactamente.


.... Continuará ...

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