dimecres, 27 de juny de 2018

Sobria

Me desperté hace horas, o eso creo, pero no tengo fuerzas para abrir los ojos. Me duele todo y siento la boca seca. Separo lentamente los labios, notando como se despegan con dificultad. No estoy preparada para abrir los ojos, no solo por el pegote de rimmel y legañas que los blindan, sino también porque no estoy lista para ver qué hay al otro lado de mis párpados. Quiero seguir ciega al mundo al menos unos minutos más.
Cometí un error y no quiero afrontar las consecuencias ahora mismo, llamadme infantil si queréis, pero me da igual. No soy la primera ni seré la ultima en hacerlo, así que juzgadme desde vuestro trono de santos.

Oigo ruido en el piso de arriba y reúno todas mis fuerzas para levantarme. Soy consciente enseguida del error que he cometido levantándome de golpe y una arcada me recuerda la noche de ayer. Corro como puedo hasta el baño y vomito una mezcla de demasiadas cosas, muchas de las cuales no recuerdo haber tomado (¿eso de ahí es pizza?).  Dentro de lo posible he tenido algo de suerte, llegué y recordé mis días de juventud, en los que me escabullía en silencio hasta el sofá del sótano; es el mejor sofá de la casa diga lo que diga Tom (mi hermano pequeño por 15 minutos) y además tiene un pequeño cuarto de baño a 7 pasos exactos, contando los 3 necesarios para rodear el sofá.

Deben ser las 9 si mi madre está ya con la batidora a tope y mi padre armando jaleo con las sartenes. Es domingo, día de tortitas. Eso también significa que antes de  y media tiene que estar recogido este desastre o me caerá una buena. Ya puedo ser una adulta de prácticamente 30 años, pero la mirada de desaprobación de mi madre todavía me apoquina. No es como esas miradas de decepción  o de furia pura, es un tipo de mirada que te examina de arriba abajo sin prácticamente recorrerte y te hace sentir que has cometido diez veces más errores de los reales. Es una mirada que dice “¿qué he hecho mal para que termines así?¿de quién has recibido esa educación?” y la peor pregunta implícita que veo en esa mirada es “¿en serio eres mi hija?”.  Pensaréis que soy una exagerada, pero si le tengo tanto respeto a esa mirada es porque la he defraudado demasiadas veces y la esperanza ya no es algo que pueda mantener conmigo.
Entré en rehabilitación 2 veces y volví hace una semana para demostrarles que lo estaba haciendo, estaba saliendo adelante sola. Al verme parecían escépticos, pero cuando les enseñé mi insignia de 90 días sobria se relajaron y me dijeron que lo celebraríamos esa misma noche. Una cena íntima, sin mucha gente, solo los más cercanos. Tenían que celebrar la vuelta de la hija prodiga, la que había tomado el mal camino pero que ahora se estaba corrigiendo. Tenían que mostrar al mundo que no habían cometido ningún error conmigo, que podía volver a encarrilarme. Incluso vi orgullo en sus ojos cuando brindaron por mi con refrescos. Y todo hubiera seguido perfecto de no ser por ese capullo que entró en el comedor casi 2 horas más tarde que los demás. Y sonará a excusa, pero ese capullo es la razón de que ahora mismo esté buscando una forma de adecentarme en tiempo récord y ventilar el sótano, que solo cuenta de una diminuta ventanita por donde apenas entra la luz del Sol. Pero es mi única opción, así que abro todo lo que puedo esta especie de respiradero y me meto en la ducha rápidamente.
Como buenos padres de una chica problemática, los míos han desarrollado un sentido arácnido para detectar cualquier rastro de una resaca en mí y un olfato digno de los perros antidroga. Y yo como buena hija problemática reincidente desarrollé mis técnicas de disimulo. Es toda una carrera de ingenios.

Ahora mismo os importa una mierda cómo intento arreglármelas y os preguntaréis (como no harán mis padres en cuanto o si me pillan) porqué he acabado así OTRA VEZ. Y todo, tooooodo, se debe la aparición de (vamos a llamarlo Mr. D) Mr. D, un ¿hombre?, dejémoslo en exchico, que en su día era mi compañero más fiel de juergas. Y para ser más exactos diré que en su momento me gustaba mucho. Muchísimo. Pero dejó de hacerlo cuando por su culpa entré en mi primera rehabilitación. No es que él me empujara a rehabilitarme, sino que terminé necesitando ir por él. Durante nuestras noches de juerga él era el cabecilla, el que encontraba las mejores y más estrambóticas fiestas, el que conseguía colarnos en discotecas para adultos, el que tenía un maletero tan repleto de bebidas que nunca tenías un vaso vacío en la mano. Puede que de momento todo os parezca “normal” (que no debería), pero la cosa se complica. Una noche, AQUELLA noche, le tocaba a él conducir de vuelta, pero para variar eludió su responsabilidad. Si hubiera sido una noche como cualquier otra simplemente habríamos dormido la mona en los asientos del Jeep. Pero no, claro. El señorito tenía un bautizo a media mañana y no podía esperar. Ahora mismo, y desde hace tiempo, me arrepiento muchísimo de la decisión que tomé. Si existieran maquinas del tiempo que me permitieran regresar a ese lugar y tiempo lo cambiaría todo. Y me importa tres pepinos las paradojas o la destrucción del presente como lo conocemos, lo cambiaría sin pestañear. Porque como buena adolescente que cree estar enamorada, muy sugestionable y terriblemente borracha, escuché las palabras de Mr. D y le hice caso. ¡Claro que podía conducir yo! No me estaba cayendo por los suelos como el resto y aún no tenía ninguna multa (hace falta enfatizar que él estaba a un aviso más de perder el carné), así que era la conductora perfecta. Tomé el volante del Jeep, demasiado grande para mis manos, y aceleré rumbo al centro. No recuerdo mucho del trayecto, solo flashes de risas y fragmentos de canciones de las Spice Girls y NSYNC cantadas a todo pulmón. Y luego negro. Y rojo, mucho rojo.  Él me gritaba y yo lloraba. No sé cómo pero alguien en el asiento de atrás seguía durmiendo. Por primera vez no le hice caso y llamé a la policía en vez de huir. ESE CAPULLO PRETENDÍA HUIR.
El resto es prácticamente una leyenda en la ciudad, un cuento de miedo para asustar a los niños. Seguro que si sois de por aquí alguna retorcida y muy manipulada versión os habrá llegado. En algunas se cuenta que perseguimos a la chica como crueles cazadores antes de atropellarla (mentira); otras que la conductora, o sea yo, no podía ni mantenerme en pie (mentira aunque tampoco demasiado. Caí arrodillada de tanto llorar, pero la borrachera se me pasó de un soplo); y en las más extremas me pintan de drogadicta asesina (estas incluyen la versión de perseguir a una pobre muchacha con un coche 4x4 por la carretera nocturna). Así que sí, dejé inválida a una chica. Pero fue un accidente, un terrible, deplorable y muy irresponsable accidente. Nada le devolvería su vida a Marie, y tampoco nada podía salvar la mía. Me cayó pena por conducción temeraria, me retiraron el carné y trabajé para la comunidad durante no suficientes días. El abogado que consiguieron mis padres era mucho mejor del que merecía, pero aún era su niña, un ser digno de confianza que la había fastidiado pero que podía repararse. 
No todo fue tan fácil para mí. La culpa me corroía y me fui hundiendo más y más en la bebida. Él se fue prácticamente de rositas y en menos de una semana ya pretendía volver a la “rutina”. Ya no quería saber nada más de Mr. D, lo que en vez de hacerme recapacitar me llevó a buscar más hondo en las botellas. Pasé de beber a escondidas a hacerlo en el comedor, y con las semanas pasé a beber también durante el día.  Fue entonces cuando mi madre intentó rehabilitarme. Creía que con cuatro charlas cutres podría hacer algo, pero mi agujero era mucho mucho más  negro, y al poco de intentarlo su perseverancia se vio absorbida por la fuerza gravitacional de mi interior. Ahí empezaron las miradas.
El primer centro estuvo bien. Había piscina, habitaciones individuales, terapia de grupo diaria e individual cada 3 días. En cuanto salí de allí hice caso a mi mentor y visité a Marie. Y como es natural no fue como en esas estúpidas películas de Hollywood donde alguien a quien le has destrozado la vida te dice que ya está todo olvidado y perdonado, y luego sus padres te invitan a comer y mandan saludos a los tuyos. No, no fue así. Fue un infierno. Mis padres me dejaron en la esquina y acordamos que en 1 hora me recogerían. Iba decentemente vestida, sonriendo como si nunca hubiera roto un plato (consejo de Gary) y con una caja de bombones en las manos. Toqué cuatro veces, y en cuanto el padre de Marie abrió supe que no era ni de lejos una buena idea. Reprimí mis ganas de huir corriendo de ahí y saludé educadamente, evitando fijarme en como el color de su cara había desaparecido al reconocerme. No tardaron mucho en aparecer Marie y su madre en el umbral al ver que su padre/marido no volvía. Todo el color que perdió el señor Marie lo ganó la señora Marie quien empezó a gritarme, tiró los bombones al suelo y me propinó un puñetazo muy bien dado (gracias clases de kick boxing del centro comunitario). Con el labio medio partido y la cara palpitándome de dolor solo distinguí la parte trasera de la silla de ruedas alejándose por el pasillo. Un par de improperios más tarde sonó un portazo y arrastré los pies hasta la tienda más cercana. Casi todo el mundo me conocía, lo que tienen las ciudades pequeñas, y conocían (o creían conocer) mi historia. Lo bueno o lo malo, depende de cómo se mire, es que mi familia no sufría este tipo de desprecios, solo yo.  Lo que buscaba en la tienda era algo de hielo para el labio, pero mis ojos se fueron instintivamente al estante de las bebidas. Después del fracaso en casa de Marie lo único que quería era encerrarme en el sótano y vaciar botella tras botella, pero me contuve. 

Mis padres no tardaron demasiado en llegar después de que les pusiera al día por teléfono, y como buen enfermero mi padre me curó el labio. Parecía más de lo que era, y en poco rato el dolor emocional superó al físico.  Esa misma tarde fui a una reunión de AA y me sorprendió no ser la más joven ahí. Pero esas citas no duraron mucho en mi agenda después de recaer con una cerveza al quedar con una ex alumna de mi instituto, quien se había mudado de nuevo a la ciudad de al lado hacía apenas dos meses. Me llamó porque quería ver a alguien y tanta inocencia me impidió contarle mi oscura realidad. Pensé que una cerveza (o dos, para que engañarnos) no me haría ningún daño, y empecé a quedar con ella una vez a la semana y después dos veces por semana. Nunca bebíamos más que eso y siempre nos quedábamos en la terraza del local hablando de cosas banales. Hasta que preguntó por Marie. Quería su nuevo numero, pues en su antigua casa no la había podido localizar. Eso me confirmaba dos cosas, era extremadamente inocente e increíblemente decepcionable. Me di a mi misma un par de días y le dije que intentaría conseguirle el contacto, sin atreverme a contarle la verdad. Estaba segura que en cuanto lo supiera ya no volveríamos a vernos.

~To be continued~


Este texto es pura ficción. Yo soy una persona abstemia, así que acepto consejos y correcciones. Y me encantaría saber si os gustaría que siguiera escribiendo más de esta historia (tengo algunas ideas pero acepto sugerencias). Gracias 

dilluns, 18 de juny de 2018

Página en blanco

La hoja de su libreta le devolvía la mirada, riéndose de ella con su impoluto blanco, desafiándola a ser capaz de llenarla de palabras. Esa página en blanco era su peor enemiga. Era un futuro incierto y un oscuro abismo, un mar de posibilidades y un vacío ensordecedor.
Esa página en blanco podía llegar a serlo todo o seguir siendo nada. Es aterrador cuanto poder pueden contener simples palabras sobre algo tan insignificante como un papel, y cuan silencioso e infinito parece todo cuando esas palabras no llegan.

¿Es solo el potencial de ser algo extraordinario lo que nos empuja a llenar la hoja o es algo más? ¿Qué nos hace querer llenar páginas y páginas de historias?

Podía pasarse horas pensando en aquello, pero la verdad era que en menos de 4 horas tenía que mandar el manuscrito de un capítulo si no quería que la despidieran en su primera semana de prácticas. Empezó a devanarse los sesos y rebuscar en su mente aquellos personajes que inventaba de pequeña y que crecieron junto a ella hasta su (relativamente reciente) juventud. Conocía a sus "amigos imaginarios" como a nadie, pero no se veía preparada para compartirlos con el mundo. Solo necesitaba 800 palabras, nada que no hubiera hecho ya en múltiples redacciones escolares o en relatos que escribía secretamente para canalizar sus sentimientos y vivencias. ¿No podía ser tan difícil, no?  Pero una historia que traspasara el papel era importante, ¿verdad? Aunque tuviera que despedazar un poquito de su alma en el proceso.

Porque eso es lo que exige una página en blanco cada vez que se presenta ante tus ojos. Te demanda tu yo más sincero y te reta a encontrar entre ese laberinto de caminos el que lleva a tu mejor historia. Y por eso mismo siempre hay nuevas páginas en blanco a la vuelta de la esquina, porque nuestra mejor historia está siempre por contar.



diumenge, 20 de maig de 2018

Escapar

Escapar en medio de la noche ahora no parecía tan mala idea. Pero la vocecita que le decía que debía ser sensata seguía ahí taladrándola. ¿Qué había de malo en soñar con vivir una aventura, en tomar riesgo y ver a dónde te lleva?  En el fondo sabía que esa voz tenía razón, y que los mundos ideales que se montaba en su cabeza no eran más que eso, su imaginación idealizadora intentando ir más allá de lo racional.
La lucha era constante. Y de vez en cuando dejaba ganar a alguna idea loca, arriesgando su realidad, poniéndola a prueba para ver hasta donde era capaz de ceder. 
Otras veces simplemente dejaba que el destino jugara sus cartas y decidiera por ella. ¿Qué tren llegaba antes?¿Qué amigas le ofrecían una tapadera para escapar un rato a esa burbuja? Y el destino era sabio, ¿no? Quería creer que sí, para dejar de darle vueltas al y si me hubiera arriesgado que la perseguía durante días después de tomar la decisión (o dejar que el mundo la tomara) racional. 

Pero todo esto no tiene fuerza si el mayor impedimento para escapar es la sinceridad. La verdad, SU verdad, era más complicada de lo que quería asumir. Y cuanto más tiempo pasaba escondida esta verdad, más crecía y se retorcía, alimentándose de la oscuridad y el secretismo. Y ese era el problema, pues cuanto más la escondía más arraigada estaba en el escondite, y cuando llegara el momento de sacarla a la luz ya no parecería una verdad, sino un secreto que había comportado mucha mentira. Ese era su miedo, pues no quería herir a nadie, pero tampoco quería exponerse a ser herida. 


dimarts, 8 de maig de 2018

Suerte

Otro día más de sofá y manta. Sabía que se le acumulaba el trabajo, pero ¿qué más da?, no estaba de humor para hacerlo bien. Cuanto más tiempo tenía para hacer el montón de cosas que debía, menos las hacía. Y luego lo pagaba bien caro con la oleada de estrés que se le venía encima. 
Tampoco había perdido del todo el día. Se había enfrascado de nuevo en la lectura y avanzado algo en uno de los trabajos que pululaban por hacerse oír en su consciencia de chica responsable. También había visto por fin una de las películas que había pedido prestada hacía una eternidad, algo que parecía casi un logro si contaba con que las últimas 4 las tuvo que devolver sin siquiera abrir la caja.

Se notaba que le faltaba algo. Romper con la rutina que no es rutina. Sentir que las cosas impredecibles dependen de algo más que de uno mismo.
Le encantaban los días de sofá y manta, pero cuando terminaban se enfrascaba en un bucle agotador de "¿Y si...?". Tanto condicional la mataba por dentro, la culpabilidad le corroía la consciencia y batallaba con ella misma. ¿Y si hubiera salido a dar un paseo? ¿Y si no se hubiera echado esa cabezadita a media tarde, desperdiciándola casi por completo? ¿Y si dejara de robarse horas de sueño nocturnas para vivir más intensamente las del día? ¿Y si...?

¿Y si lo dejaba todo en manos de la SUERTE?

Si no se preocupaba por las consecuencias de sus actos al atribuirlos a la SUERTE, no caería en la vanidad de haber hecho algo bien ni se torturaría si algo iba mal. Sólo sería cuestión de SUERTE. La pura e imparcial SUERTE.

¿Pero de verdad existe la SUERTE?
O sólo es una excusa para no decepcionarnos si después de esforzarnos las cosas no salen como queríamos. Usamos la mala SUERTE como escudo ante la decepción y la frustración. ¿Que un examen ha salido mal después de trasnochar para poder terminar temario? Mala SUERTE. ¿Que tus amigas no contestan al móvil cuando las necesitas después de semanas sin hablar? Mala SUERTE. ¿Que te duermes por pasarte la madrugada perdiendo el tiempo y llegas tarde a una reunión importante? Mala SUERTE.
Nos cuesta enfrentarnos a las consecuencias, y la SUERTE, tan intangible como inocente, es la cabeza de turco perfecta para nuestras desgracias.


divendres, 13 d’abril de 2018

Nosotros entre pinceles


Abro la puerta, respiro el aire viciado de la sala y entro a cámara lenta. No sé quién estará a estas horas trabajando en la decoración, pero yo estoy aquí porque llegaba tarde a clase y he preferido no ir y encerrarme entre botes de pintura, pegamento y papel. Por un lado me alegra no estar sola, pues me noto animada y con ganas de hablar por hablar. Pero por otro lado, el hecho de encontrar las luces encendidas me ha provocado una ligera decepción. ¿Puede que incluso algo de enfado? Esta sala, con el intenso olor a cartón y pintura, es mi escapada de la rutina, un pequeño paraíso mal ventilado donde puedo abstraerme y cantar a pleno pulmón. Donde puedo sacar una parte de mi que me gusta. Pero eso solo sucede si estoy sola aquí, si finjo que se trata de un plano paralelo a la realidad del día a día.

Después de la charla insustancial y de pasearme por la sala buscando algo que hacer, la chica que estaba en la sala se marcha y me acerco al rincón donde guardo mis dibujos. En realidad dibujo fatal, pero los milagros que se consiguen de calcar con un proyector le suben el autoestima artística a cualquiera. Me llevo el papel de mural con el dibujo repasado en negro al centro de la estancia y decido que pintar en el suelo será la mejor opción. Las mesas están repletas de los proyectos de los demás, y mi "proyecto" es demasiado grande como para pintarlo bien encima de una mesa abarrotada de una infinidad de trozos de cartón, figuras a medio hacer con papel maché, recortes de papel de mural, y como no pueden faltar, media docena de pinceles sucios que nadie se ha dignado a recoger y limpiar.

Me acerco al tarro con los pinceles limpios y escojo dos, uno medianito-grande y uno pequeño para cuando tenga que hacer los márgenes apurados sin salirme de la línea. Escojo los colores que usaré hoy: azul, negro, naranja, amarillo y blanco. Casi no queda blanco, pero lo bueno de estar sola en la sala es que nadie te lo va quitar a medio usar y te lo devolverá vacío (o peor aún, no lo devolverá). En realidad el blanco solo lo quiero por si se me va la mano oscureciendo el azul.

Sólo agarrar el pinzel me produce una oleada de felicidad y calma. Después de tres meses viniendo casi a diario varias horas por aquí, noto el pincel como una extensión natural de mi mano. Me abstraigo del mundo tan sólo con untar el pincel en la pintura espesa y oír los primeros compases de "Sparks Fly".

Los minutos pasan como segundos, y antes de que me dé cuenta es la hora de fin de clase, lo que significa que se pasarán por aquí durante la siguiente hora un grupo heterogéneo y casi inútil de personas que vienen a cumplir con sus horas obligatorias semanales. No harán mucho más que hablar (de lo que sea y entre quien sea), dar vueltas buscando algo que hacer y remover prácticamente todos los trabajos a medio hacer para o criticarlos o preguntar qué representa que es aquello. 
Hoy no he sido lo suficientemente rápida, y me doy cuenta de mi situación cuando la puerta ya se ha abierto. Tengo las manos manchadas de pintura, así que tengo dos alternativas: la primera es intentar sacarme los cascos sin mancharme la cara ni el pelo, y claramente tampoco los cascos; la segunda opción es levantarme del suelo, lavarme las manos, encontrar algo con qué secármelas y luego quitarme los cascos y parar la música.  Me decido por la opción tres, que consiste en rendirme ante la imposibilidad de hacer nada al respecto y sigo a mi rollo con la pintura. 

No es hasta que noto a alguien detrás de mí que entiendo quién es el que ha llegado tan rápido a la sala. Apoyo mi espalda contra sus piernas, pero sigo a lo mío procurando no fastidiar el efecto que le estoy dando a las escamas. De pronto las piernas desaparecen y pierdo el equilibrio, apoyando una mano peligrosamente cerca de una estrella de mar acabada de pintar. Lanzo una mirada asesina tirando el cuello hacia atrás, pero no veo a nadie por encima de mi cabeza. Como sigo con la música a tope rebotando en mis tímpanos no oigo las risitas que seguro que se estará hechando, y continuo con el dibujo.
Menos de treinta segundos después alguien me abraza por detrás y me besa la nuca, lo que me deja aún más parada de lo que he estado las últimas veces que nuestras pieles se han puesto en contacto. No sé que se supone que debo hacer, y noto como un tic-tac resuena cada vez más fuerte en mi cerebro. Es mi turno de hacer movimiento, pero no se me ocurre ninguno que no sea quitarme un auricular restregando mi oreja por su brazo. 

To be continued... 


dilluns, 19 de març de 2018

Miedo

Sacudirse el miedo como quien intenta secar un paraguas para guardarlo en su mochila un día de lluvia. Solo se consigue esparcir los miedos y mostrarlos al mundo. Cuando salen al exterior se hacen reales, y pueden cobrar fuerza sin nosotros quererlo. Pero también pueden esfumarse como el vapor e irse por la rejilla de ventilación. Aunque lo que más nos preocupa cuando intentamos sacudirnos el miedo son aquellas gotitas que por mucho que nos esforcemos nunca se separan de la tela, y que cuando guardemos el paraguas en la mochila mojaran esa libreta donde escribimos nuestros sueños. Porque por mucho que no queramos, el miedo se filtra. Se filtra por todas partes y nunca nos abandona.  Solo podemos aprender a vivir con ello y usar el miedo para pensar si el riesgo lo merece, en si la caída podría ser dura, pero sobretodo, debemos usarlo para disfrutar más del vuelo y la libertad de saltar.